AMÉRICA

La Amazonía vista por tres de sus habitantes en Brasil

Ganaderos, maestras indígenas y leñadores se encuentran entre los más de 20 millones de personas que habitan la Amazonía del norte de Brasil, ganándose la vida en la selva tropical más grande del mundo.

Tres personas en el estado de Pará hablan de sus vidas y sus esperanzas para la región, después de que el aumento de la deforestación y los incendios suscitara una protesta mundial.

– Luiz, el ganadero –

Luiz Medeiros dos Santos, de 63 años, es un apasionado criador bovino en Rurópolis. Casi 20 años después de talar la mitad de los árboles en su finca, el ganadero admite que cometió errores.

«Cuando llegué aquí cometí errores contra el medio ambiente», dice Luiz a la AFP, sentado en el porche de su casa rodeada de un cuidado césped y un floreado jardín.

«Talé laderas que hoy no puedo trabajar más y que tuve que dejar reforestar».

Luiz creció en el estado brasileño de Paraná, en el sur, y se mudó al norte después de la construcción en la década de 1970 de las carreteras BR230 y BR163, que abrieron la remota región a haciendas de ganado y granjas de soja, estimulando la deforestación.

Luiz y su esposa, María, de 54 años, también sureña, viven en una finca de 700 hectáreas llamada «Sao Marcos».

Su terreno se ha visto transformado desde que lo compraron: la espesa selva tropical pasó a ser una pradera donde tienen 150 cabezas de ganado para reproducción. Alquilan la mitad de sus tierras a productores locales de granos.

Las leyes en aquel momento autorizaban a los propietarios a talar el 50% de sus tierras, lo que, ahora en perspectiva, Luiz considera que es demasiado. Ahora se admite un máximo de 20%.

«Debe haber una mayor conciencia entre la gente para preservar la Amazonía, no destruirla», dice con voz gruesa mientras comparte con María un mate, bebida tradicional del sur de Brasil, Uruguay y Argentina.

«Tenemos que producir de manera más equilibrada sin afectar el medio ambiente, sin repetir los errores del pasado».

No es fácil la vida en estas tierras, donde los desafíos van de un clima sin estaciones a los inestables precios de las materias primas, entre otros.

Pero las mejoras en las vías BR163 y BR230 han sido bienvenidas en zonas donde precipitaciones fuertes pueden dejar a los habitantes aislados de las ciudades y de los mercados de animales durante la temporada de lluvias, entre noviembre y junio.

Con sus tres hijos ya adultos, este hombre sociable le enseña a su nieto Pedro Henrik, de 13 años, cómo cuidar el ganado con la esperanza de que se haga cargo de la finca algún día.

«Aprendimos a que nos gustara el ganado», dice Luiz después de arrear una manada de ganado Brahman a un corral de madera.

«Tiene que gustarte lo que haces. Mi pasión es ver a los animales sanos», agrega, protegido del sol con un sombrero de paja. «No puedo imaginarme, a los 63 años, haciendo otra cosa», confiesa el ganadero, quien también es el secretario de agricultura local.

Luiz y María están orgullosos de sus esfuerzos por preservar la vegetación que aún tiene su finca. Los árboles detrás de su casa atraen pájaros nativos y ayudan a bajar la temperatura durante los meses más calurosos.

También representan una fuente de ingresos. María, sin miedo de que aparezcan serpientes o escorpiones mientras camina en chanclas, vende fertilizante orgánico, que recoge del suelo del bosque.

También cosecha bananas de una pequeña plantación, que corta con una afilada cuchilla mientras las gallinas y los pollos corretean y picotean la tierra.

«El mayor problema en nuestro municipio son las personas que vienen de afuera, solo quieren producir, producir, producir. Pero están destruyendo todo», afirma.

– Claudeth, la maestra indígena –

A la maestra de escuela indígena Claudeth Gabriel Sau Munduruku le preocupa el futuro de sus alumnos. ¿Seguirá existiendo la selva amazónica cuando crezcan?

«Solo vemos destrucción», explica esta docente de 44 años, mientras toma un descanso de la clase que da a niños de la etnia munduruku, miembros de una comunidad indígena ubicada en la ciudad de Itaituba. «No sé si esta generación llegará a ver el bosque».

«En 10 años más, ¿qué pasará?», se pregunta angustiada.

Unos seis estudiantes comienzan a llegar al aula a las siete y media de la mañana. Se quitan las chanclas y se sientan en mesas de plástico azul.

Por encima del ruido adormecedor del ventilador de techo, Claudeth, que viste un short vaquero y una camiseta roja, les enseña matemáticas.

Otros días les explicará geografía, ciencias o portugués. Las tardes siempre están dedicadas a las nociones básicas de la lengua munduruku.

El progreso en la lengua materna es lento, y a veces inexistente. Claudeth dice que la mayoría de los niños no puede apoyarse en sus padres, cuyo primer idioma es el portugués y apenas consiguen hablar munduruku.

Una vez que los niños abandonan la escuela indígena y entran en el sistema educativo general en Itaituba, la oportunidad de enseñarles munduruku se esfuma.

«Sufren acoso escolar y creo que por eso se sienten avergonzados» de ser indígenas y de hablar su idioma frente a los blancos, sostiene.

Pero ella no se rinde. Su experiencia de 17 años como maestra le dice que los niños necesitan aprender munduruku para fortalecer su sentido de identidad.

«Empecé a enseñar por necesidad, pero luego abracé la causa de la educación», cuenta.

Preservar la lengua munduruku es solo uno de los desafíos a los que se enfrentan Claudeth y otros líderes indígenas al intentar frenar las influencias negativas de la ciudad.

Las drogas, el alcohol y la prostitución se han colado en esta comunidad indígena instalada al final de una calle residencial.

Alrededor de 50 familias viven en humildes casas de madera o ladrillo en unas 30 hectáreas a orillas del río Tapajós.

Cerca del mediodía, los estudiantes hacen una pausa para almorzar pollo, ensalada y «farofa» (condimento hecho con harina de mandioca), que preparan Claudeth y un asistente.

Para algunos de los niños, se trata de su primera comida del día. «A veces alguno te dice que no ha desayunado porque no tenía con qué», cuenta Claudeth.

La escuela carece de recursos básicos. No hay fotocopiadora, por lo que deben escribir las lecciones a mano.

«No recibimos apoyo», lamenta. «Los niños necesitan jugar, deben tener juegos didácticos, pero aquí no tenemos ninguno. Necesitamos pintura, lápices de colores».

– Rubens, el maderero legal –

Rubens Zilio se enorgullece de ser un maderero «100% legal» en la Amazonía. Pero se queja de aquellos críticos de las políticas ambientales de Brasil que no están dispuestos a pagar un valor extra por su madera.

«No todos los clientes aceptan pagar más a los productores certificados», afirma Rubens, de 56 años, mientras conduce a la AFP por un recorrido por su aserradero en Moraes Almeida.

Corpulento y vistiendo una camisa polo color coral, camina entre cientos de enormes troncos de jatoba, itauba, marupa, fava y cedros, apilados en un vasto patio al aire libre.

Hombres y mujeres que usan guantes protectores, anteojos y orejeras operan ruidosas máquinas que cortan la madera como mantequilla, convirtiéndolas en piezas más pequeñas que se utilizan en la construcción de casas en Estados Unidos, Europa y Asia.

«Hablan mucho de querer preservar la Amazonía, pero cuando se trata de comprar productos de la Amazonía, quieren que sean los más baratos», dice Rubens amargamente. «Francia es el principal».

Su compañía, Serra Mansa, fue fundada por su suegro en el estado de Mato Grosso, en el centro-oeste del país. Hace más de 20 años, la familia se mudó carretera BR163 arriba, a Moraes Almeida.

Rubens reconoce que trabajó en los «márgenes de la ilegalidad» por muchos años, estableciendo acuerdos con pequeños propietarios para extraer madera de sus tierras.

La actividad se volvió «más complicada» luego que la misionera estadounidense y defensora de la selva tropical, Dorothy Stang, fuera asesinada en 2005, provocando una ofensiva contra las actividades ilegales en la región.

Rubens, con los brazos bronceados por trabajar al aire libre, cuenta que llegó a recurrir a la minería informal para mantener a su esposa y tres hijos.

Pero en 2016, el gobierno federal otorgó a Serra Mansa y otros cuatro operadores de aserraderos una concesión de 40 años para explotar más de 200.000 hectáreas en la selva.

La concesión se divide en secciones. Antes de que los madereros de Rubens se pongan a trabajar con sus motosierras, los detalles de cada árbol y su ubicación se ingresan en una base de datos.

Cuando corta un árbol, Serra Mansa lo registra en el sistema, lo que permite a los compradores rastrear el producto hasta su origen.

El proceso es vigilado por agencias del gobierno para asegurarse de que la empresa no sobrepase su límite anual de extracción.

Después de talar una sección de la concesión, Rubens debe dejarla durante 30 años para que pueda recuperarse.

«Hace mucho calor y humedad en la Amazonía, la vegetación crece mucho», asegura.

La concesión ha sido buena para su negocio, porque los consumidores saben que su madera es de origen legal.

«Desde que obtuve la concesión, tengo que decir ‘no’, ‘no tengo ningún producto’, ‘no puedo entregar eso’, o ‘acabo de venderlo’, me siento aceptado por mi producto», dice.

Rubens se burla de las críticas extranjeras a la gestión de la Amazonía por parte de Brasil, especialmente de los países del G7, que según él, quieren «tomar las riquezas» de Brasil.

«La Amazonía es nuestra», dice enfático y haciéndose eco de las declaraciones del presidente Jair Bolsonaro.

En su opinión, solo 50% de la selva tropical debería ser preservada. El resto debería ser abierta para la industria maderera y concesiones mineras o agricultura y crías de ganado, con títulos claros de tenencia de la tierra y fuertes sanciones aplicadas a quienes deforesten demasiado.

Rubens admite que hay «madereros malos» en la Amazonía, pero dice que la gran mayoría quiere hacer lo correcto y trabajar de forma sustentable.

«El maderero quiere que la selva se preserve para garantizar el futuro de sus hijos y nietos», dice Rubens.

«En la concesión no ha habido un solo incendio en cuatro años (…) porque somos los guardianes de la Amazonía».

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