OPINIÓN

Grecia y Turquía, dos caras de la impotencia europea frente a la inmigración

Las condiciones inhumanas de los emigrantes y refugiados en las islas griegas y las amenazas de Turquía de «abrir el grifo de refugiados hacia Europa» definen la política de inmigración como una tarea prioritaria para la Unión Europea.

La nueva Comisaria europea para Interior, la sueca Ylva Johansson, será el primer miembro del nuevo gabinete de la UE en visitar las islas griegas del Egeo que acogen a inmigrantes y refugiados. Johansson podrá así observar de cerca lo que ya ha visto el mundo entero: seres humanos hacinados en campamentos al aire libre en una situación que avergüenza a Europa entera, pero de la que sería fácil e injusto culpar al país de acogida.

Grecia, sus islas más cercanas a las costas turcas, son la principal puerta de entrada al Viejo Continente de aspirantes al asilo económico o político. Cerca de 40.000 inmigrantes viven en cinco pequeñas islas: Lesbos, Chios, Samos, Leros y Kos en condiciones «miserables e inaceptables», según el Alto Comisionado para Refugiados de la ONU. El flujo de llegada es continuo y más de cien personas llegan cada día a las islas citadas.
Para la ONU es sencillo y obvio criticar esas condiciones que han llevado a suicidios, a riñas y a incendios que han arrasado los campamentos en algunas localidades, pero es Grecia el país que se desgañita desde 2015 pidiendo ayuda a la comunidad internacional y especialmente a sus socios de la UE para hacer frente a la catástrofe. Las ayudas económicas han sido escasas y la solidaridad en la acogida de inmigrantes es una palabra que ha quedado en desuso.

Grecia, abandonada y criticada
Tras la llamada de la Canciller alemana, Angela Merkel, en 2015, a abrir las puertas de su país —y las de sus sorprendidos vecinos—, Europa no ha encontrado un mecanismo de reparto aceptable por todos sus miembros. Algunos, como es el caso de los centroeuropeos polacos, húngaros o checos, se siguen resistiendo a la acogida forzosa instigada por Berlín, París y Bruselas. Otros, más hipócritas, tienen buenas palabras, pero tampoco cumplen con lo que sus declaraciones pomposas prometían. Cuatro años más tarde, Grecia, Italia y España son, por su posición geográfica, los principales receptores de inmigrantes clandestinos.

En el caso griego, el cambio de gobierno de julio pasado va a suponer también un cambio de actitud hacia el asunto. El nuevo primer ministro, el conservador Kyriakos Mitsotakis, ha podido aprobar en el Parlamento de Atenas una nueva ley gracias a su mayoría, que va a endurecer la concesión de asilo y estancia de los inmigrantes. Se reducirá la posibilidad de recurrir la denegación de visado, se limitará también la lista de «vulnerabilidad» (por ejemplo, el estrés postraumático) y se aumentará la lista de «países seguros» para poder devolver a los aspirantes a refugiados a su punto de origen. Grecia, eso sí, no tendrá más remedio que hacerse cargo de los casi 4.000 menores no acompañados extranjeros para los que tampoco ha recibido respuesta de sus socios comunitarios.

En lo que va de año, más de 20.000 inmigrantes han llegado a Grecia procedentes de Turquía. Según el acuerdo firmado por Ankara y la UE en 2016, las autoridades turcas deben impedir el paso desde sus costas a Grecia y a Europa en general a cambio de 6.000 millones de euros. Los que lo intentan deben ser devueltos a Turquía, país que acoge a casi 4 millones de refugiados, de los cuales 3,6 millones son sirios.
El aumento del flujo hacia Grecia es interpretado en Bruselas como una maniobra de presión del gobierno turco hacia la UE, para obtener el acuerdo europeo a la ofensiva turca en territorio sirio. Para el presidente Recep Tayyip Erdogan, la ocupación por sus tropas de una zona de seguridad en el norte de Siria —más de 120 kilómetros de largo por 30 de ancho— servirá para reinstalar a cientos de miles de refugiados sirios que ahora viven en Turquía.

Turquía: crisis económica y sentimiento antinmigrante
Además de su acción militar en esa zona, justificada como un freno a las actividades de las fuerzas kurdas que Ankara considera «terroristas», Erdogan se ve también obligado a endurecer las condiciones de asilo en su país, forzado por la crisis económica y el aumento del rechazo que su política generosa con los refugiados está creando entre sus propios ciudadanos.

En Turquía se da por hecho que la pérdida de la alcaldía de Estambul y otras importantes ciudades es consecuencia, en buena parte, del malestar de los ciudadanos locales más pobres por la política de acogida de aspirantes a visado. En cierta prensa europea se hace pasar a Turquía como un país insensible ante las peticiones de asilo, pero ya antes de recibir la ayuda económica de la UE Ankara tenía una política de ayudas sociales a los inmigrantes, miles de los cuales han recibido la nacionalidad turca.
Ahora, ha llegado ya la hora de limitar el acceso al país, de la misma manera que lo hace Francia, Alemania o Suecia, los países europeos más atractivos para inmigrantes económicos y refugiados políticos. El Parlamento turco ha endurecido a su vez las condiciones de asilo y según el ministro del Interior, Suleyman Soylu, este año más de 95.000 «irregulares» serán enviados de vuelta a sus países de origen.

La receta que detendrá el flujo de emigrantes de la 'caldera' siria

Recep Tayyip Erdogan ha vuelto a amenazar a Bruselas con «abrir el grifo de refugiados» hacia Europa y denuncia que de los 6.000 millones de euros prometidos en 2016 solo ha recibido la mitad. Pero por encima de consideraciones económicas o militares, la presión de Turquía y la desesperación de Grecia ponen de manifiesto la impotencia y la falta de acuerdo entre los 28 países de la UE para afrontar el problema de la inmigración. El «efecto llamada» de la ideología proinmigracionista se ha convertido en uno de los principales problemas, al que solo se responde con acciones desesperadas para endurecer la legislación de acogida. Las buenas intenciones se han topado, una vez más, con la realidad.

AUTOR.Luis Alberto RivasLuis Rivas : Periodista. Excorresponsal de TVE en Moscú y Budapest. Dirigió los servicios informativos del canal de TV europeo EuroNews. Vive en Francia desde hace más de 20 años.

LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE COORDENADA INFORMATIVA.

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