OPINIÓN

La Europa enferma que dejará la crisis del COVID-19

La reunión de jefes de gobierno de la Unión Europea para hacer frente a la crisis económica y financiera provocada por el COVID-19 concluyó con un fracaso que pone en evidencia la división insuperable entre sus 27 miembros.

El exministro francés de Exteriores, Hubert Vedrine, dice que «la UE, el mercado único y la política de competencia económica fueron concebidos para un mundo sin tragedia». Siguiendo su razonamiento podría decirse que la tragedia que vive el mundo a causa del COVID-19 inhabilita a la UE y a todo lo que representa.

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, uno de los países que más está sufriendo la epidemia del coronavirus, recurría a la retórica rimbombante antes de una reunión crucial de la UE para manifestar que esa institución «es más que una comunidad de intereses; es una comunidad de valores».
Una vez concluida la «cumbre» de urgencia y emergencia del jueves 27 de marzo, a través de videoconferencia, puede declararse a Vedrine como vencedor en la competición para describir la inoperancia de la UE ante la crisis sanitaria más grave que el mundo conoce desde 1918.

Auxilio a la OTAN y un «Plan Marshall»
Sánchez, agobiado en su país por la falta de recursos y las críticas a su mala gestión del problema, pedía sin rubor ayuda a la OTAN y «un plan Marshall», recordando el plan norteamericano de reconstrucción de Europa tras la II Guerra Mundial.

El plan de Estados Unidos funcionó, con todas las consecuencias políticas y económicas que se derivaron. Los europeos del siglo XXI no piden ayuda a Washington, o quizá Macron sí lo haga en el futuro. Sus esperanzas están más puestas en Pekín que en Bruselas.
El Festival de Eurovisión financiero volvió a ser ganado por los países del Norte del Viejo Continente, con la balada «no habrá mutualización de la deuda» para salvar a los malos alumnos del Sur.

El «frente del Norte», representado por Alemania, Países Bajos, Austria y Finlandia, no acepta las peticiones de otro grupo constituido por Francia, Italia, España, Portugal, Grecia, Eslovenia, Bélgica, Irlanda y Luxemburgo, que representan unidos más del 70% de la deuda pública de la zona euro. El pelotón de los entrampados antes de la crisis insiste en la emisión de los llamados ahora «coronabonos», que obligaría a todos los miembros de la UE a sufragar la deuda de los más necesitados.

Norte riguroso contra sur dispendioso
Los del Norte, liderados por Angela Merkel y Mark Rutte, reiteraron su oposición a utilizar lo que el primer ministro holandés escenifica como «cruzar el Rubicón e ir a una Unión de transferencias, lo que va mucho más allá de lo previsto en el Tratado de Maastricht.»

Alemania, Holanda y sus aliados insisten en que con el MEDE es suficiente. Bajo ese acrónimo se esconde el Mecanismo Europeo de Estabilidad que cuenta con un fondo de 410.000 millones de euros. La Canciller alemana, Merkel, insiste, además en que la solución nacional, es decir, permitir el incumplimiento de la regla de déficit del 3% del Producto Interno Bruto es ya una medida extraordinaria.
Las espectaculares cifras de muertes y contagiados en Italia y España forzaron a sus gobiernos a exigir medidas de emergencia a sus socios. La respuesta fue la habitual en el funcionamiento de la «desunión europea»: proponer una reunión de sus ministros de Finanzas en dos semanas.

Italia y España, además de los récords trágicos del coronavirus, encabezan otra clasificación poco edificante, la del déficit público. Italia, con 2.38 billones de euros, es la triste medalla de oro. Para sus socios del norte de Europa, ese dispendio sin control no tiene por qué ser sufragado por los gobiernos que han hecho bien sus deberes y han respetado el rigor presupuestario.

El responsable de Finanzas de Holanda, Wopke Hoekstra, llegó a pedir que se castigase a los malos alumnos fiscales, despertando la ira del Primer Ministro portugués, Antonio Costa.

La agonía del «sinfronterismo»
Así las cosas, no parece probable que se llegue a un acuerdo como el exigido por Roma e Italia. No hay pacto financiero ni tampoco investigación conjunta para encontrar vacunas; cada país intenta repatriar a sus nacionales atrapados fuera de sus fronteras y el material sanitario no se comparte, sino que incluso se roba, como cuando las máscaras provenientes de China y destinadas a Italia fueron confiscadas por las autoridades checas. La hospitalización de enfermos franceses en hospitales alemanes y suizos es uno de los pocos ejemplos de colaboración entre «los 27».

La «cumbre» europea del 26 de marzo coincidió con el 25 aniversario del Tratado de Schengen, que abolía las fronteras intercomunitarias. El COVID-19 unido a la crisis de la inmigración de 2015 en Europa son dos hachazos a ese pacto. El llamado «sinfronterismo» se convirtió en un tabú que la realidad de los hechos está incriminando.
La Unión Europea saldrá gravemente afectada por el drama del coronavirus. Pensada para un mundo ideal, como sugería Vedrine, está demostrando su ineficacia para hacer frente a graves crisis. Muchos gobiernos serán reticentes a reabrir sus fronteras si el virus llega a desaparecer. La desconfianza entre los socios será insuperable y las heridas provocadas por el «sálvese quien pueda» serán difíciles de cicatrizar. El sueño del federalismo, del ejército europeo o de la política exterior común parecen ya sueños inalcanzables. Salvar a la UE no es ya una cuestión de reformas. Requerirá, y no es seguro que ello le salve, una auténtica revolución.

AUTOR . Luis Alberto RivasLuis Rivas : Periodista. Excorresponsal de TVE en Moscú y Budapest. Dirigió los servicios informativos del canal de TV europeo EuroNews. Vive en Francia desde hace más de 20 años.

LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE COORDENADA INFORMATIVA.

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