SOCIEDAD

Vuelta al mundo caminando o ‘unir’ continentes nadando: los desafíos de Ignacio Dean por el medio ambiente

Aventurero y naturalista, este español de 40 años acaba de publicar ‘La llamada del océano’, donde expone la degradación de la naturaleza.

Ignacio Dean habla con Sputnik en un coche de camino a Getaria. Desde esta ciudad del País Vasco, al norte de España, va a pedalear hasta Sevilla, al otro lado de la península, acompañado de miembros de la Fundación Elkano. Serán unos 1.600 kilómetros. Casi se podría decir que para él es un paseo. Una hazaña más en el currículum de su gremio. El de los «aventureros profesionales», tal y como se describe en su biografía.

No es de extrañar: entre los hitos de esa hoja de vida están el de haber atravesado 33.000 kilómetros a pie entre 2014 y 2017 o el de haber unido los cinco continentes nadando. Bueno, también está el de haber sido padre hace cinco meses, pero de esta peripecia compartida con su pareja aún no ha escrito un libro. Lo ha hecho de las otras dos. Relató la ruta que le encumbró como el primer español en dar la vuelta al mundo caminando hace tres años. La publicó en Zenith con el título Libre y Salvaje. Ya va por seis ediciones.
La segunda odisea es más reciente. Acaba de salir, repitiendo sello, con el reclamo de La llamada del océano. En realidad, la impresión fue en abril y la distribución en junio, pero la pandemia de coronavirus ha retrasado el lanzamiento. Igual que retrasó sus planes nómadas. «Para alguien que está acostumbrado a dormir en tienda de campaña, ha sido un lujo disfrutar de estar en casa», comenta Dean de esta reclusión internacional.

Él ha pasado el confinamiento en Asturias, aguardando el nacimiento de un bebé y alejado por unos meses del trajín habitual. Un trajín que había plasmado en esta experiencia marina poco antes. «Cuando acabé la vuelta al mundo decidí embarcarme en el desafío de unir nadando los cinco continentes para lanzar un mensaje de conservación de los océanos», resume sobre el punto de inicio del libro. Dean estudió senderos, contactó con veteranos en este tipo de experiencias y valoró posibilidades.

Con unas coordenadas fijadas, Dean se puso manos a la obra. A la tarea de conseguir patrocinios se le añadió la de entrenar para lo que denominó Expedición Nemo. Viajó a Hendaya, en la frontera de España con Francia, para una pequeña travesía. Se inspiró en figuras nacionales como David Meca o Jacobo Parages e internacionales como Lewis Pugh. Antes ya se había fijado en otras celebridades como Félix Rodríguez de la Fuente, Miguel de la Quadra Salcedo, Sebastián Álvaro o Edurne Pasaban.
«Hay muchos modelos a los que sigo», esgrime Dean, que seleccionó las opciones más plausibles y gestionó el transporte, los visados o el equipo imprescindible. De Europa a África cruzaría el Estrecho de Gibraltar. Entre Europa y Asia haría de Grecia a Turquía saliendo en la isla de Kastelórizo y llegando a la ciudad de Kas. De Asia a América, por el estrecho de Bering. Oceanía lo alcanzaría en el Mar de Bismarck, sorteando la frontera entre Papúa y Papúa Nueva Guinea. Por fin, hilvanaría África en el golfo de Áqaba, situado entre Egipto y Jordania.

Recorridos de entre cuatro y 20 kilómetros con diferentes temperaturas y especies. «El mar es un gran desconocido. Siempre lo vemos tumbados en la arena, pero ocupa el 70% del planeta», adelanta antes de desgranar alguno de los peores momentos: «El calor en el mar de Bismark era insoportable. Era un caldo. Hubo un momento que pensé en abandonar, pero un compañero se tiró al agua y me impulsó a seguir», comenta.

Ignacio Dean cruzando el estrecho de Gibraltar

Aglutina más peripecias en el libro. Desde el frío en el estrecho de Bering o la amable recepción de los moradores de aquel remoto lugar hasta el paso incesable de barcos por Gibraltar. Se detallan la fauna marina, con peligros en forma de tiburones o medusas, y cada capítulo se desarrolla de acuerdo a un esquema: los prolegómenos del viaje, la acción en sí y un apéndice con las amenazas a las que se enfrenta el planeta: contaminación por plástico, cruce de ecosistemas, sobreexplotación pesquera o turismo.

«Falta concienciar. Porque ya no hablamos de creencias, sino de evidencias. Y necesitaríamos dos planetas y medio para sostener el consumo al ritmo que vamos de recursos», alega Dean.
Piensa a menudo en el modo de vida que tenemos. Y en la paradoja de encontrar un equilibrio entre el sistema y la naturaleza, entre la economía y la ecología. «Somos muy cortoplacistas, muy cortos de mira. Solo hay que ver lo que ha pasado en la pandemia: creíamos que lo que ocurría en China no era cosa nuestra y llegó en nada. Habría que adoptar medidas urgentes en cuanto al desmantelamiento de la energía fósil o la sostenibilidad», anota, considerando que el cambio ha de ser algo personal.

«Aparte de los actores globales, que tienen que ayudar en cuestiones como la legislación, la educación o la innovación tecnológica, está claro que es algo individual», culmina.
Lo dice quien ha creado su propia «marca personal». «Al final, la iniciativa tiene que partir de uno mismo y acompañar lo que dices de unos actos», opina Dean, con unos 60.000 seguidores en redes sociales y experto en divulgación con charlas o encuentros virtuales. «Estamos en un momento de cambio de paradigma, de modelo, y tenemos que crear un valor positivo, encauzarnos hacia las empresas sociales», arguye el aventurero, insistiendo en lo que acabamos de ver por la pandemia.

Dean ya había alertado del estado del mundo en su anterior odisea. Entonces gastó la suela de 12 pares de zapatillas a golpe de transitar 31 países. Vio de primera mano y a la velocidad de ese movimiento yámbico que es el caminar la superficie sólida de nuestro planeta. Sufrió asaltos, noches en vela y el ataque constante de la soledad. Otra forma de viajar, muy diferente a la Expedición Nemo.
«Me fui solo, sin asistencia, sin sponsors. Y en este caso me ha acompañado un equipo, he estado respaldado todo el tiempo, ha sido una maravilla», señala. Además, Dean ha notado cierta madurez, una suerte de pérdida de la inocencia. «Entonces era mucho más romántica, más poética, con el espíritu de la aventura. Y lo que vi es que era lo que me apasionaba hacer, aunque fuera de forma más profesional», cavila quien está convencido de que solo el acto de vivir es una aventura.

Ignacio Dean en un entrenamiento en el embalse del Jerte

Observa Dean que lo suyo fue «una decisión de salirse de lo convencional», pero que todos luchamos constantemente con el día a día y sus múltiples desafíos. «Está en el ADN del ser humano superar guerras, hambrunas o pandemias. Y con una mirada positiva, de resiliencia, saldremos de esta», advierte.
Y suelta un último interrogante: «Dar la vuelta al mundo y unir nadando los cinco continentes me ha servido para tener una visión más amplia y global del mundo en que vivimos. Quién sabe con qué sorpresas nos deleitará la vida. Lo que está destinado a suceder, siempre encontrará una manera única, mágica y maravillosa de manifestarse. Los océanos, la atmósfera, los bosques, el suelo y todas las especies del planeta conviven en equilibrio. Todas menos una, el ser humano. ¿Seremos capaces, haciendo uso de esa inteligencia de la que estamos tan orgullosos, de estar a la altura del desafío?».

 

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