OPINIÓN

Policía Militar o Guardia Indígena: dos modos opuestos de seguridad

En medio del impresionante levantamiento juvenil y popular en Colombia, cuando la represión arreciaba con toda su carga de letalidad y de terror por parte del Escuadrón Móvil Anti Disturbios (ESMAD) y de grupos paramilitares, los estudiantes y otros sectores movilizados decidieron llamar en su auxilio a la Guardia Indígena.
Nadie llama desconocidos cuando la situación se torna dramática. De hecho, la Guardia Indígena es muy conocida en Cali, ya que en cada movilización de los pueblos originarios cientos de guardias la acompañan asegurando la paz y el orden.
Se calcula que unos tres mil comuneros organizados del Norte del Cauca, a unos cien kilómetros de Cali, llegaron hasta la ciudad en sus chivas (transporte público abierto). En los momentos más críticos, cuando civiles armados de barrios ricos salieron a disparar contra los manifestantes, apoyados por la policía, la Guardia no perdió los nervios, se movilizó y consiguió detener por lo menos a uno de los agresores.

Es evidente que esto no se consigue sin organización, experiencia, decisión y fortaleza espiritual. Cuando los manifestantes fueron atacados a balazos en el barrio La Luna de Cali, llamaron a la Guardia que los correteó hasta sus casas, constatando que se trataba de una urbanización privada. El coordinador de la Guardia dijo a los vecinos que creía necesario que «constituyan guardias comunitarias», pacificas y no armadas, para su defensa .

La Guardia Indígena de los pueblos originarios del Cauca, sur de Colombia, es una de las más importantes creaciones de cualquier movimiento social de América Latina. Comenzó alrededor del 2000, cuando los resguardos indígenas del Cauca (territorios reconocidos legalmente) eran escenario de una guerra que los nasa, misak, totoroes, coconucos y otros pueblos de la región, rechazaban de forma tajante.
Según el CRIC (Consejo Regional Indígena del Cauca) la guardia la integran «los niños, niñas, mujeres, hombres, autoridades espirituales y culturales que están en constante contacto con la defensa de la cultura, la vida, el territorio y la autonomía».
La Guardia Indígena se convirtió en imprescindible para la sobrevivencia de los pueblos, ya que el Estado colombiano no sólo no protege a la población de las áreas rurales, sino que los cuerpos armados suelen colaborar con los paramilitares y narcotraficantes cuando atacan poblaciones campesinas para despojarles la tierra.
En 2010, la Consultoría para los Derechos Humanos y el Desplazamiento (CODHES) aseguró que casi siete millones de hectáreas habían sido robadas a los campesinos, afrodescendientes y pueblos indígenas por «despojo y abandono forzado de tierras», como consecuencia de la violencia organizada.

El bastón de mando es el signo distintivo de la Guardia, que simboliza el mandato de las comunidades y el ejercicio del derecho propio, además de la pañoleta verde y roja. El bastón tallado en madera de chonta está adornado con cintas de cuatro colores: verde es la naturaleza, rojo por la sangre de los antepasados, azul por el agua y negro por la tierra.
Estos días cientos de Guardias Indígenas han llegado hasta Cali porque, como dicen los pueblos del Cauca, «somos diferentes, pero no indiferentes». La Guardia fue a Cali no sólo a manifestarse sino a apoyar a los barrios más golpeados por la represión en el marco del paro nacional, a pedido de varios estudiantes y vecinos movilizados.
«Muchos creen que si nos matan o nos disparan nos van a doblegar o nos harán retroceder. Es lo contrario, nos llenamos de coraje y eso nos da fuerza», dijo Harold Secué, consejero de la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (ACIN), entrevistado por Pacifista.
Cuando comenzó la pandemia, el CRIC decidió una Minga hacia Adentro, invirtiendo las tradicionales mingas que han sido movilizaciones para visibilizar una situación determinada, para «caminar la palabra», como indica la tradición del movimiento. Una minga hacia adentro coloca en primer plano la medicina tradicional, la diversificación de cultivos y la armonización de las personas en el territorio.
La Guardia Indígena efectúa el control territorial, cerrando el paso a las personas y vehículos no autorizados por los cabildos (autoridad territorial indígena). El CRIC movilizó siete mil Guardias para controlar 70 puntos de ingreso y salida de sus territorios. Aún así, los armados siguieron asesinando comuneros, que nunca responden con violencia sino con la presencia masiva y organizada.

La experiencia y el reconocimiento de la Guardia Indígena motivó que otros sectores se organizaran. Ya existen las Guardias Cimarronas de los pueblos negros y las Guardias Campesinas, pero lo más novedoso es que durante estos días de paro nacional los jóvenes urbanos comienzan a reflexionar sobre la necesidad de organizarse como Guardias en las ciudades y en los barrios.
Los pueblos originarios están marcando un rumbo: recuperar tierras que han sido expropiadas por grandes multinacionales para sembrar caña de azúcar como sucede en el Valle del Cauca. En la región del Norte del Cauca, han liberado miles de hectáreas de un latifundio que sobre explota la tierra y a los cortadores de caña y sus familias, siempre acompañados por la Guardia Indígena.
Es probable que con el paso del tiempo, esta impresionante movilización popular en Colombia sea recordada por la solidaridad que ha despertado entre los afectados por una oligarquía que lleva más de un siglo destruyendo Colombia: desde la masacre de las bananeras a principios del siglo XX hasta la guerra civil conocida como La Violencia, luego del asesinato del líder liberal Jorge Eliécer Gaitán, el 9 de abril de 1948.
En esa memoria larga, el papel jugado por la Guardia Indígena será recordado como uno de los hechos más notables, cuando miles de personas salieron en defensa de otras personas, que ni siquiera conocían, que tienen otras culturas y otros colores de piel, mostrando que todavía es posible un mundo más humano cincelado por la solidaridad.

AUTOR. Raúl Zibechi - Sputnik Mundo Raúl Zibechi : Periodista e investigador uruguayo, especialista en movimientos sociales en América Latina. Escribe para Brecha de Uruguay, Gara del País Vasco y La Jornada de México, autor de los libros ‘Descolonizar el pensamiento crítico’, ‘Preservar y compartir. Bienes comunes y movimientos sociales’ (con Michael Hardt), ‘Brasil Potencia. Entre la integración regional y un nuevo imperialismo’, entre otros.

LA OPINIÓN DEL AUTOR NO COINCIDE NECESARIAMENTE CON LA DE COORDENADA INFORMATIVA.

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