SOCIEDAD

Rezar por el Monstruo del Espagueti Volador y sus ocho condimentos: la fe pastafari anida en España

Esta creencia, surgida en Estados Unidos en 2005, busca inscribirse en el registro de entidades religiosas mientras aboga por celebrar su unión con la harina y brindar con una cerveza propia.
Allá en lo alto, omnipresente e inalcanzable, el Monstruo del Espagueti Volador. O, acortado, el Monesvol. Un enredado dios a base de agua y harina que hace su voluntad «así en el cielo como en el plato». Abajo, en un plano físico, sus adoradores: piratas que gritan «¡arrrgh!» a la mínima ocasión, que se saludan con un «¡Ramén!» y que maridan sus guisos sagrados con una cerveza artesanal, al ser posible con un colador en la cabeza, a modo de pleitesía o liturgia.
Quienes rezan a este ser supremo, ilustrado con ojos y mofletes de albóndiga, son los seguidores de la religión pastafari. Creyentes de una fe que nació en Estados Unidos hace 16 años. Bobby Henderson, un recién licenciado en Ciencias Físicas, mandó una carta a una escuela de Kansas donde se iba a celebrar una jornada sobre la creación del universo sin basarse en la teoría de la evolución de Darwin sino en el creacionismo monoteísta o «diseño inteligente».

Este «profeta», como se le tilda desde su feligresía, se hacía representante de The Church of The Flying Spaghetti Monster (la iglesia del Monstruo del Espagueti Volador, en español) y sostenía que «al igual que hay múltiples teorías sobre el diseño Inteligente, yo y muchos otros en el mundo creemos firmemente que el universo fue creado por el Monstruo Espagueti Volador. Fue Él quien creó todo lo que vemos y sentimos. Creemos firmemente que las indiscutibles evidencias científicas que demuestran los procesos evolutivos no son otra cosa sino una coincidencia orquestada por Él».

De hecho, la recuperación de la figura del pirata es porque «la realidad», señalaba Henderson en una gráfica adjunta a la misiva, es que «el calentamiento global, los terremotos, los huracanes y otros desastres naturales son consecuencia directa de que a partir del siglo XIX ha disminuido el número de piratas». ¿Cómo demostrar lo contrario?

Sonaba a mofa, pero iba en serio. Según esta creencia, el Monesvol era «invisible e indetectable» y había creado el universo tras una borrachera, «lo que explica las imperfecciones de este mundo». Comenzó a tener cierta repercusión. Varios medios lo sacaron, se rodó un documental y hasta generó debates en torno a la libertad de pensamiento. El influjo norteamericano llegó a Australia o Europa, donde también cundió el ejemplo: si muchas personas o Estados otorgan beneficios a «ideas obsoletas que causan conflictos innecesarios», ¿por qué no discutir sobre religión desde otro enfoque?.
La premisa no era burlarse de nada, sino analizar racionalmente la fe en seres extraterrenales. E igual de etéreo es Dios, lleve el nombre que lleve, que Monesvol. Este ser que apremia a comer pasta también posee sus propias escrituras. En ellas le revela al pirata Mosey sus Ocho Condimentos. Los desveló, presuntamente, en la cima del Monte Salsa y a desgana: «preferiría no hacerlo», dijo como el famoso escribiente Bartleby, ideado por el novelista Herman Melville.

Monesvol también le advirtió a Mosey de que no actuara «como un fanático santurrón» que se cree «mejor que los demás» cuando habla de su Dios. Y le enseñó que su existencia no debía significar «un medio para oprimir, subyugar, castigar o eviscerar» ni servir de excusa para que se levantaran «multimillonarias iglesias, templos, mezquitas o santuarios» en honor a su «Tallarinesca Santidad» cuando ese dinero podría ser utilizado para «acabar con la pobreza, curar enfermedades, vivir en paz, amar con pasión y bajar el precio de la televisión por cable».
Calaron las ideas de esta deidad y los seguidores de España tradujeron el evangelio como una «herramienta básica de proselitismo». Ocurrió hace una década, hacia 2010. Un grupo de seguidores abrió una página web divulgando estas enseñanzas. Cinco años después, el Pastafarismo ha anidado en este país con cerca de 200 miembros que comparten sus plegarias y charlan por redes sociales en espera de dos pasos importantes: promover su inclusión en el registro de entidades religiosas y organizar el siguiente Congreso Pastafari: la pandemia ha retrasado los planes y desde 2017, cuando tuvo lugar el primero en Alicante, no se han podido juntar.

«Para cada uno, el Pastafarismo es una casa», resume Fergus Roig. Encargado de la actualidad de la fe y portavoz del grupo, este fiel de 36 años asegura que «es algo serio». «Cogemos cosas de otras religiones, pero intentando ser divertido», alega quien se defiende de los ataques contra ellos por ser algo paródico o irrespetuoso. «Nada de eso. Al revés, me gusta compararlo con otras creencias porque es similar. La profesión va por dentro y lo único que tiene que hacer es quererlo en tu interior», explica.
Nadie pide nada para pertenecer a la iglesia Pastafari. Basta con ese deseo individual y con intentar cumplir ciertos supuestos. Su día festivo es el viernes y la ceremonia conlleva un almuerzo de pasta y, al ser posible, vestidos con un colador de sombrero. «Cada religión tiene una serie de preceptos y todos son válidos», esgrime Roig, que trabaja en el Centro Superior de Investigaciones Científicas y atiende a Sputnik desde Zaragoza. «Nosotros no queremos ofender a nadie. Es divertido pero algo serio: la gente ha invertido tiempo y dinero», defiende.

Una de las dedicaciones principales ha sido la de entrar en el listado de entidades religiosas en España. Lo intentaron en 2016 y el Ministerio de Justicia lo descartó. Recurrieron entonces a la Sala de lo Contencioso-Administrativo de la Audiencia Nacional. Partían de un planteamiento sencillo: como el resto de religiones, ellos forman parte de «un colectivo de personas de diversa procedencia y naturaleza, unidas por la creencia» en una entidad superior, «así como por el seguimiento de dogmas vitales transmitidos por esta».
En octubre de 2020, sin embargo, la Audiencia Nacional también lo desestimó: «No puede pretenderse que se trata de una religión, porque visto su credo, estatus y mandamientos, no se aprecia en absoluto finalidad religiosa», apostillaba la Sala antes de detallar que sí pueden inscribirse como simple asociación en su registro correspondiente. «Nada les impide asociarse, reunirse, expresarse y realizar todo tipo de actividades privadas en forma de asociación», remataba en el fallo, firmado el 19 de octubre.

Una botella de cerveza Monesvol, la oficial del pastafarismo en España - Sputnik Mundo, 1920, 13.05.2021

«Lo rechazan con razonamientos absurdos. Vamos a ir al Constitucional», comenta Reig, que en su boda brindó con una Monesvol, la cerveza oficial del Pastafarismo (una fermentación hecha aposta por la compañía El Ayla, de Cantabria, y que —según Manuel Díaz Arce, su creador— lleva trigo belga y un toque de naranja amarga). «Lo llevaremos al Constitucional», sentencia, aludiendo a cómo lo han logrado la Cienciología, los Adanistas o las cerca de 19.000 inscritas y enfatizando cómo uno de los miembros ha conseguido renovarse el carnet de conducir con el colador en la foto.
Hasta que se reconozca, los devotos del Monstruo del Espagueti Volador seguirán con sus reuniones virtuales, sus celebraciones y su góspel o salmo principal. Ese que dice: «¡Oh, tallarines que están en los cielos gourmets. Santificada sea tu harina. Vengan a nosotros tus nutrientes. Hágase su voluntad así en la tierra como en los platos. Danos hoy nuestras albóndigas de cada día y perdona nuestras gulas así como nosotros perdonamos a los que no te comen, no nos dejes caer en la tentación (de los que no te comen) y líbranos del hambre. ¡Ramén!».

AUTOR. Alberto García Palomo - Sputnik Mundo Alberto García Palomo : Aunque formado como maestro, se dedica al periodismo después de escuchar a su hermano (también periodista) leerle columnas desde el sillón. Su trayectoria ha estado ligada a medios españoles como El País y Tintalibre o a colaboraciones en Traveler, Vice o GQ.

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